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Última actualización: 30/10/04 Prólogo
Luis XVI, muy entusiasmado con estas pruebas, había ofrecido dos criminales sentenciados para que sirvieran de pasajeros para el globo Montgolfier. Ante esto, Jean-Francois Pilatre de Rozier, miembro de la Academia de Ciencias, con la idea de que la gloria de elevarse en el cielo por primera vez no se la podían llevar unos viles criminales, se ofreció para ser el protagonista. Así, el 21 de octubre de 1783, Jean-Francois Pilatre de Rozier y otro voluntario, Francois Laurent, marqués de Arlandes, son los primeros en volar en un globo aerostático sin amarras. Alcanzan una altura de 1.000 metros y sobrevuelan la ciudad de París durante 25 minutos.
En 1804, el físico y químico francés Gay Lussac, que formuló la ley de la dilatación de los gases, hizo dos ascensiones en globo para estudiar las variaciones de electricidad, magnetismo, y composición del aire, llegando hasta los 7.016 metros de altitud. Estos muy breves relatos, los más significativos de la historia de los globos aerostáticos, sirven para comprender rápidamente el estado tecnológico de las cosas por aquellos años y dar el paso inicial para empezar a recorrer nuestra historia. Miguel Colombise Uno de tantos, fue un relojero de Amsterdam, llamado Miguel Colombise. Convencido de haber inventado un aeróstato con timón y remos se trasladó a Francia en procura de un ambiente adecuado, ya que en ese país ocurrían la mayoría de las novedades en esta materia. Allí vivió varios años sin poder materializar su proyecto. Sintiéndose incomprendido en el viejo continente, buscó entonces horizontes en el nuevo. Merced a la generosidad de alguien, obtuvo una ayuda de 400 pesos con la cual se embarcó rumbo al Río de la Plata, llegando a Buenos Aires presumiblemente en 1808. Perturbado por circunstancias adversas que le impedían ultimar los detalles de su máquina, resolvió en 1809 salir en procura del amparo oficial. El documento que presentó al gobierno, concluía con esta requisitoria al Virrey Don Santiago de Liniers:
El Aeróstato que me
propongo de hacer, con el cual he de ir gobernándolo a mi voluntad, ha de
costar 4.000 pesos, y para su ejecución daré un fiador que afiance la
expresada cantidad, como de que será hecho en el término de tres meses en
el cual recibirá el dador los requeridos 4.000 pesos, con más el ciento
por ciento del beneficio. Al no obtener respuesta, con fecha 6 de agosto de 1810, ofició por segunda vez al gobierno, a cargo de las flamantes autoridades surgidas del movimiento revolucionario, suplicando concretar sus antiguas y conocidas miras ...de fabricar un aeróstato, en el cual me ofrezco ir donde se me mande, no siendo a una distancia para lo cual se necesite instrumento de pilotaje, porque no es mi arte. El planteo del iluso personaje, no mereció ni siquiera los honores de una resolución contraria. Un anónimo funcionario, encargado de reunir y releer los antecedentes del caso, supo captar en un elocuente resumen toda la irresponsabilidad del peticionante y la inconsistencia de su propuesta. En la carátula del legajo dejó asentada esta lapidaria impresión, personal y subjetiva, pero que define con acierto al precursor en nuestro país de las actividades aéreas: Se descubre un proyectista, que para calificarlo de la calidad de muy malo, no se necesita más prueba que la de que el Sr. Liniers despreció el proyecto. A pesar de este fracaso, las instituciones argentinas de inventores citan en la actualidad a Miguel Colombise como el primer inventor en nuestro país.
Los primeros
registros
Lartet Llegó a Buenos Aires con una compañía francesa que inauguró el Teatro Porvenir en la calle Piedras el 12 de octubre de 1856. El teatro lanzaba globos anunciando sus funciones. Pero finalmente se anunció en los diarios de Buenos Aires que el domingo 19 de octubre de 1856 tendría lugar la Gran Ascensión Aerostática por el señor Lartet, aeronauta francés. En el terreno del Molino de Viento, calle de la Federación, a las tres en punto. Ese terreno, ubicado en Callao y Rivadavia, cercano a la Plaza Lorea, se llamaba así porque en 1850 un genovés había instalado un molino harinero en ese lugar.
Rápidamente el teatro organiza una segunda ascensión para el jueves 30 de octubre del mismo año. Se repiten los preparativos anteriores. El diario La Tribuna relató de esta manera lo acontecido.
Parece increíble que en un día de trabajo pudiera asistir tan crecido
número de espectadores, como el que ayer fue a presenciar la elevación del
globo. Lartet fue reducido a prisión. Pide repetir la prueba, y lo hace el 16 de noviembre de 1856, a las tres de la tarde. Ante los fracasos anteriores, Lartet decide cambiar el punto de partida y se trasladaron todos los elementos que se necesitaban para calentar el aire con que inflaba su globo a la Plaza Lorea. Por ser esta vez un día domingo, nadie faltaría a la cita. Es conducido al lugar por un vehículo de la policía ...pálido como un criminal a quien van a fusilar, se metió en la barquilla, las azoteas estaban cubiertas de curiosos para ver dando tumbos en las nubes a un pobre diablo que nunca ha subido a un globo, la prensa y el público empiezan a tratar muy mal a Lartet, que solo quería ganarse su pan. El globo recorrió media cuadra hasta la calle Lorea Nº 53 y en la azotea tropezó con una pared haciendo saltar de la barquilla a Mr. Lartet que enredó con una cuerda su pierna, se dio un porrazo en la cabeza y desconcertó su brazo, magullándose las costillas, dice el mismo periódico. El globo fue a caer a unas cuadras. No se vuelve a saber mas de Lartet, que partió de Buenos Aires, seguramente dolorido y humillado.
En festejos El 25 de mayo de 1861 se lanzó desde esa misma plaza un globo bien grande con forma de mujer.
Gibbon Wells El norteamericano R. Gibbon Wells llega en mayo de 1864 a Buenos Aires y de repente, la ciudad se mostró inflamada de entusiasmo. Wells era un aventurero con gran simpatía y una buena dosis de temeridad, mezcla de charlatán de feria y de titiritero, quien no bien hospedado en un hotel céntrico inmediatamente comenzó a anunciar su intención de hacer demostraciones públicas en un globo que denominaría Washington, si recibía un apropiado apoyo financiero. Logró entusiasmar a la Comisión de Fiestas de la Municipalidad de Buenos Aires, encargada de los festejos para celebrar el aniversario de la revolución. Esta le otorgó 60 mil pesos para su proyecto. En pocos días construyó el esférico de 850 a 1.100 metros cúbicos de capacidad con telas especiales de seda que compró en la ciudad. El ascenso entraría en el marco de los festejos. El día fijado para la demostración fue el lunes 23 de mayo que se presentó propicio, con cielo despejado y suave brisa. El sitio elegido fue la Plaza de la Victoria, que estaba llena de gente desde muy temprano a pesar que el despegue sería a las dos de la tarde. El público congregado, ávido de sensaciones, al ver pasar con exceso el horario marcado y no advertir indicios de una pronta aparición de la diabólica máquina, se creyó defraudado y empezó a dar muestras de irritación, escuchándose toda suerte de conjeturas. En medio de esta confusión se oyó de pronto una gritería atronadora, procedente del corto trayecto que comunicaba la Plaza con el Paseo de Julio, actual Leandro N. Alem, y a los pocos minutos en esa dirección pudo verse como surgía recortada la silueta del Washington. El globo, que a diferencia con el de Lartet era a gas, fue inflado en la usina de gas del Retiro y llevado por el Paseo de Julio en suspensión a una altura de cuatro a cinco metros del suelo, con la ayuda de improvisados colaboradores que lo sujetaban por medio de cuerdas respondiendo a las indicaciones de Wells, que desde su puesto de mando en la barquilla, ordenaba la delicada maniobra cuidando que el globo no fuera a enredarse en las copas de los árboles que bordeaban la alameda. Una vez llegado a la plaza portando sendas banderas, argentina en una mano y norteamericana en la otra, descendió frente a la Catedral. Luego de desentenderse de las muchas personas de distintas clases sociales que pujaban por felicitarlo, se acercó al Presidente Bartolomé Mitre que estaba ubicado en los balcones del Cabildo presenciando la escena, para presentarle sus saludos antes de intentar la prueba y quien le auguró una feliz travesía. Luego subió a la barquilla en compañía del joven Styche, voluntario argentino al que aceptó como acompañante a último momento, accediendo a los insistentes requerimientos de la multitud que lo rodeaba. Agitando las banderas, dio por fin la orden de soltar los cabos que retenían al globo, que fue ascendiendo lentamente. Al principio tomó rumbo hacia el oeste, para quedar luego inmovilizado durante más de una hora debido a la calma que sobrevino; pasado ese tiempo, empezó a desplazarse otra vez pero ahora con marcada tendencia al sur, descendiendo por último en la quinta del señor Latham, entre Lomas de Zamora y Quilmes. Al aproximarse el aparato al suelo, Wells lanzó un ancla con objeto de evitar ser arrastrado; no obstante, avanzó a los tumbos seis cuadras más, hasta que tres paisanos a caballo pudieron sujetar la barquilla. Acababa de recorrer una distancia de 27 kilómetros en línea recta, y había alcanzado una altura máxima cercana a los 5.000 metros. Era el primer vuelo en la ciudad de Buenos Aires, ya que los intentos de Lartet, no habían pasado de tales. La primera reacción del navegante fue traer inflado el globo de vuelta a la ciudad, pero desistió de ello por las grandes dificultades que representaba. Evacuado el gas y cargados los implementos sobre un carro, emprendió al atardecer el camino hacia el centro, en compañía del comisario Romero, que por orden del Jefe de la Policía había seguido desde abajo la trayectoria de la aeronave. El temple de Wells estaba hecho para soportar emociones fuertes y el cansancio no doblegaba fácilmente su físico, ya que esa misma noche, hizo su aparición en el Teatro Colón, en un intervalo de la función de Hernani, portando la bandera argentina que había paseado por los aires. La ovación que recibió fue estruendosa. Al día siguiente, 24 de mayo, debía tener lugar una segunda ascensión, pero el espectáculo fracasó parcialmente, en razón de las malas condiciones climáticas. Un artículo publicado en el diario Nación Argentina, describe lo ocurrido:
Debido a causas
imprevistas, el globo "Washington" no pudo llegar a la Plaza de la
Victoria hasta las cinco de la tarde, hora en que pudo ser conducido
inflado desde la usina de gas. La prensa porteña, que mantenía informada a la población sobre las sucesivas postergaciones por el mal tiempo, publicaba la noticia que el día domingo 29, siempre que un viento moderado soplase del sector favorable, se realizaría un tercer ensayo, destinado esta vez a unir dos repúblicas hermanas. Las miras de Wells, eran ahora más ambiciosas, pues pretendía cruzar el ancho Río de la Plata y descender en Uruguay. Para felicidad de todos, el día amaneció esplendoroso y diáfano. A las diez de la mañana la Comisión de Fiestas avisó al vecindario con el disparo de cohetes voladores, que la arriesgada tentativa se efectuaría tal como había sido dispuesta aunque los inconvenientes de siempre retardaron la partida hasta la tarde. Una vez libre en el aire, contrariamente a lo calculado, el globo enfiló hacia San Isidro y empezó imprevistamente a perder altura. Wells arrojó todo el lastre que llevaba a bordo, llegando a necesitar cortar las sogas que sujetaban la pequeña canasta donde viajaba, quedando aferrado y malamente acurrucado en el arco de unión al cordaje. Aún así nada pudo impedir que se produjese la inevitable caída en el río, Wells estaba con su cuerpo sumergido más de la mitad y tuvo tiempo de colocarse un salvavidas. El aparato en vez de hundirse, prosiguió una desenfrenada carrera a nivel del agua. La incómoda y peligrosa postura de Wells continuó hasta que la diabólica nave llegó a la costa y empezó a avanzar entre los juncales. La suerte lo protegió. Luego de zafarse de las ataduras que lo sostenían y tras penurias increíbles, Wells llegó a la casa de don Agustín P. Justo, en las cercanías de Punta Chica, donde pudo pasar la noche. El fallido intento y el peligro corrido, no amilanaron su espíritu. Habiendo quedado destruido el Washington, pensaba afrontar una empresa de mucha mayor envergadura. En una carta que remitiera al diario Nación Argentina, expresó que su plan consistía en ...cruzar el Continente Sud Americano con toda comodidad, perfecta seguridad y en muy poco tiempo, teniendo por meta cualquier punto del territorio chileno. El aludido matutino compartió las inquietudes del norteamericano, al grado de comentar editorialmente que de conseguir transponer la cordillera de los Andes, ese hecho sería calificado de sorprendente para la América entera. Wells entendía que la única salida, y por supuesto la más viable y sencilla, era ser favorecido con un subsidio del gobierno, cuyo monto estimado en cien mil pesos serviría para solventar los gastos de fabricación del nuevo globo, que se denominaría Repúblicas Hermanas, y la adquisición del instrumental científico que llevaría consigo.
La barquilla tendría una cobertura de lona para hacerla más abrigada, una mesa y sillas, una estufa alimentada a carbón para calefaccionar y cocinar, cajones de provisiones, canastos de champagne, botellas de agua, barómetros de distintas clases, termómetros, telescopios, compases, cronómetros, etc. Para evitar una repetición de los riesgos ya soportados, un bote de 6 metros de largo, con sus velas y palos correspondientes, iría colgado debajo a los efectos de poder ser utilizado en caso de acuatizaje forzoso en el Pacífico. Solo resta mencionar dos detalles importantes; uno se refiere a unos paracaídas de reducido tamaño que iría arrojando a medida que el globo pasara en su itinerario por encima de las diversas villas o ciudades, haciendo llegar a cada localidad los periódicos editados en la víspera de la partida. El otro, consistía en un ingenioso invento de Wells destinado a averiguar las distintas corrientes de aire; una cuerda de muchos cientos de metros de longitud, colgando durante el vuelo, tendría banderines atados de trecho en trecho, permitiendo de este modo con el uso de un anteojo, apreciar desde el puesto de mando la dirección e intensidad del viento en las varias altitudes, y elegir en consecuencia la corriente más indicada para mantener la ruta propuesta. El periodismo porteño no volvió a ocuparse del asunto, o quizá Wells nunca consiguió el dinero necesario, pero la carencia de datos hace fácil presumir que este proyecto nunca se cristalizó. Mientras tanto y a raíz de la pérdida del
Washington, el infatigable americano se había puesto enseguida a la tarea de
construir un nuevo globo. Para su confección decidió emplear lienzo
irlandés adquirido en el comercio de don Tomás Duguid, fundador y
presidente honorario del Club de Residentes Extranjeros, desechando el
uso de telas de seda como se acostumbra en Europa, por constituir un gasto
superfluo. Cerca de las tres de la tarde, faltando aún llenarse una cuarta parte de su contenido, se cortaron algunas cuerdas y por exceso de presión del gas sobre un sector de la envoltura, quedó la barquilla débilmente suspendida y fuera de equilibrio; viendo el peligro que corría toda la operación, Wells dio orden de soltar las amarras que lo retenían en tierra. Al elevarse se observó que un joven espectador quedo enredado en uno de los cordeles, colgando de cabeza. No había tiempo para anular la maniobra. El muchachón, llamado Antonio Premazzi, sin perder la serenidad, ascendió a pulso por la cuerda en un esfuerzo sorprendente, hasta introducirse en un gran paracaídas cerrado que estaba preparado y previsto para el descenso de Wells. Gracias a la falta de viento que permitió que el globo se mantuviera estacionario sobre la ribera en las cercanías de la casa de Gobierno, el esférico cayó lentamente a quinientos metros de la costa, al costado de un vapor, siendo felizmente rescatados ambos tripulantes por un bote. La acción de Premazzi lo hizo popular al punto casi de eclipsar la figura de Wells, que luego de otro intento fallido por el mal tiempo planeado para el 9 de julio, se diluye en el silencio y la penumbra, y no se vuelve a hablar más ni de su persona ni de sus arriesgados pasatiempos.
Casimir Baraille
Tomás Ceballos
Sánz
Amadeo Meyer
Francisco Cetti Durante 1898, el noruego
Francisco Cetti, realizó ascensiones desde la
actual Plaza San Martín. La revista costumbrista Caras y Caretas
relató así lo ocurrido el 30 de octubre de ese año:
De esa oportunidad, el mismo Cetti dejó escrito lo siguiente: "Esta es la centésima vez que subo en globo libre y la primera en Buenos Aires. Ha sido la más peligrosa de todas.".
José y Antonieta de Silimbani El 13 de marzo de 1904 Antonieta de Silimbani ascendió, a pesar del mal clima reinante, ante la insistencia del público, pero el viento la llevó bruscamente hacia el río, cayendo a 500 metros de la costa, la pobre joven murió ahogada. José Silimbani siguió haciendo demostraciones en globo, desde el Pabellón de las Rosas frente al actual edificio de Canal 7, en compañía de su compatriota el teniente Vasi. En 1907 los dos parten a Brasil.
Aarón de Anchorena
y Jorge Newbery El
25 de diciembre de 1907
surcan nuestro cielo por primera vez pilotos
argentinos.
El joven y audaz Secretario Honorario de la Legación Argentina en París, Aaron de Anchorena, había traído de Francia un globo de 1.200 metros cúbicos de capacidad, construido en algodón, al que había bautizado Pampero, nombre criollo de uno de nuestros vientos, estampado en grandes letras rojas algo mas abajo del circulo ecuatorial. Había contratado además los servicios de un experto francés, Louis Faberes, que debía acompañarlo en la travesía y ayudarlo con las tareas de preparación del globo.
El lugar elegido para el vuelo inaugural del globo fué el campo de la Sociedad Sportiva Argentina, entidad dedicada a propiciar y difundir el deporte, ubicada en el sitio que hoy ocupa el Campo Argentino de Polo. La ascensión. que estaba programada para el 24 de diciembre de 1907, contaba con la cooperación de veinte soldados del Regimiento de Granaderos a Caballo bajo la dirección de Faberes. A las diez de la mañana se comenzó la operación que debió suspenderse cinco horas después de haber inflado solo la mitad del globo. El tendido provisorio de una caño de gas de hulla de la compañía del alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires tenía poco caudal y presión y el llenado del globo se realizaba muy lentamente. El experto francés se mostraba inquieto pues consideraba que aquel fluido no era el indicado y con lápiz y papel hacía cálculos y conjeturas sobre la fuerza ascensional que obtendrían. Las condiciones del tiempo permiten mantener el globo semi inflado en el campo hasta que la presión volviera, lo cual aconteció a las tres de la madrugada del día siguiente. En la mañana del 25, el Pampero ya se erguía refulgente en medio de la pista. Gran cantidad de curiosos se habían dado cita desde temprano, decididos a no perderse ningún detalle del insólito acontecimiento. El Ministro de Marina había ordenado que dos torpederas, una en La Plata y otra en Dársena Norte permanecieran en alerta. Las damas paseaban en pequeños grupos, protegidas por sus parasoles de seda, los caballeros, de riguroso cuello duro, y "rancho de paja" cruzaban apuestas con discreción, y las matronas vigilaban a los galanes que festejaban a sus hijas, disimulando su celo detrás del aleteo nervioso de los abanicos. Toda la alta sociedad argentina se había reunido para ser testigos de la hazaña del soltero más codiciado de la época, Aarón de Anchorena. Faberes discutía con Aaron pues consideraba un suicidio realizar el vuelo con un gas de tan pobre calidad para el evento que se intentaba realizar. Negándose a suspender la prueba y harto ya, Aaron tomó los efectos personales del francés que estaban en la barquilla y se los arrojó a los pies en forma despectiva. Después preguntó quién de los presentes desea acompañarlo. Hubo un largo silencio durante el cual se oyó el ligero gualdrapeo del globo, listo para partir. El Director de Alumbrado de la Municipalidad desde el año 1900 y destacado deportista, el Ingeniero Jorge Newbery, responsable del tendido provisorio, pidió acompañarlo. Los hombres se estrecharon la mano y subieron a la barquilla.
¡Larguen! ordenó Aarón a las once. El Pampero, libre de las amarras se sacudió al separarse de la tierra y finalmente comenzó a elevarse. La brisa que soplaba del sudoeste lo empujó hacia el Río de la Plata hasta que se perdió de vista. A menos de una hora de vuelo alcanzó su altura máxima de 3.000 metros pero empezó a perderla rápidamente. Los navegantes comenzaron a desprenderse del poco lastre que quedaba a bordo y de cuanto podía ser accesorio, pero fue inútil. La fuerza de la gravedad era mayor que el poder ascensional del gas y el globo siguió cayendo. El francés había tenido razón. Arrojaron al vacío sus efectos personales, los sacos de arena que equilibraban la barquilla, el ancla de tierra y el ancla marina, los cabos y cuerdas destinadas a asegurar el artefacto en tierra, los salvavidas, el barómetro, el altímetro, el catalejo, el reloj y los demás instrumentos. Pero todo fue en vano. En un último esfuerzo por torcer la situación, los hombres soltaron la canasta y se quedaron colgados de la red que envuelve el globo. Casi a ras de la superficie del río y cuando estaban a punto de estrellarse, un soplo de brisa los empujó tierra adentro. El globo cayó, rebotó con los dos hombres aferrados al extremo de la red, volvió a elevarse unos pocos metros, favorecido por el viento y finalmente terminó su loca carrera algunos kilómetros más adentro. Los aeronautas, algo atontados, se sacudieron la ropa, miraron a su alrededor preguntándose dónde estaban y se confundieron en un abrazo. El Pampero había aterrizado en Conchillas, Uruguay, realizando el primer cruce aéreo del Río de la Plata, una proeza que hasta entonces nadie había soñado siquiera. Este vuelo dio comienzo a la aeronáutica argentina.
El Aero Club
Argentino
Durante el primer año, la Comisión Directiva del Aero Club se dedicó a reclutar prosélitos para la causa aérea y si bien el club tenía enormes dificultades económicas y contaba con un sólo globo, en compensación poseía gran fe y entusiasmo, estimulados con frecuentes ascensiones aerostáticas, que sumaban a nuevos iniciados en esa novedosa actividad. Ese año y desde el mismo lugar se efectuaron dos ascensiones más, todas con el globo Pampero. Luego continúan, siempre en 1908, desde la quinta "Los Ombúes", propiedad del banquero Ernesto Tornquist, en las barrancas de Belgrano, en la actual calle Luis María Campos y Olleros, por tener este lugar mejor cañería de gas. El 17 de octubre resulta una fecha trágica para la naciente aeronáutica argentina. Cuando mayor era el optimismo entre los asociados, sobrevino la inesperada desaparición del Pampero, conducido por el Doctor Eduardo Newbery, quien era acompañado por el Sargento Eduardo Romero. Fue la cuarta ascensión del hermano menor de Jorge y la novena del Club, intentando establecer el primer récord de distancia y de permanencia en el aire. Este fatal accidente causo un enorme desaliento en la mayoría de los asociados, quienes comenzaron a abandonar la incipiente actividad aérea y a renunciar al club, situación que se fue agravando con el transcurrir de las semanas y que afectó al mismo Jorge Newbery, quien al sufrir en carne propia la tragedia, presentó la renuncia a su cargo. Pero Newbery se fue dando cuenta que era el único capaz de sacar de la profunda crisis institucional en que se encontraba el Aero Club y el que podía revertir esa situación para impedir una segura bancarrota.
Las flamantes aeronaves dieron nuevos bríos al club y las actividades comenzaron a reanudarse lentamente. Los pilotos, llamados hombres pájaros por el público, inspiraban gran respeto y admiración entre la gente. Para distinguirse unos de otros usaban un banderín o gallardete colgando de la barquilla que representaba la insignia de cada uno. En los años siguientes se batieron récords de altura, distancia y tiempos. En 1910 se realizaron nada menos que 48 vuelos, 29 ascensiones desde la Exposición Ferroviaria, como parte de las fiestas del Centenario de Mayo. A mediados de ese año el Aero Club ya contaba con instalaciones propias en la calle Guanacache y 11 de septiembre, en Belgrano, detrás del gasómetro que existía ahí. Más tarde se trasladarían al gasómetro de Bernal, por ser más puro el gas. También salieron incontables vuelos desde la Sportiva. En 1911 se realizaron 15 ascensiones. El 24 de abril de ese año se realizó la copa Tornquist entre cuatro globos resultando ganador el "Patriota", y una cacería del Zorro, seguidas con mucho interés por el público.
Ya por estos años había comenzado la llegada de los "mas pesados que el aire", los aviones. Pero los globos seguirían ascendiendo, en 1912 hubo nueve ascensiones, en 1913 hubo 68, en el 14 se registraron 27, al año siguiente 21. En los siguientes años iría decayendo, solo se registraron seis en 1916, 17 en 1917, dos al año siguiente y solo una en 1919.
Llegaron a registrarse 35 pilotos de globos
en el libro del Aero Club.
En la mayoría de las oportunidades el descenso de los globos se produjo
dentro de los mismos límites de la Capital, en Villa Devoto, Tiro Federal,
Dársena Sur, Mataderos, Villa del Parque, Puente la Noria, Golf Club,
Villa Lugano, Floresta, Versalles, Vélez Sársfield y Palermo. La
aerostación seguiría hasta nuestros días, pero el Aero Club comenzó a
dedicarse al vuelo con aviones. |